miércoles, 27 de octubre de 2010

Aca les dejo algo que escribi...

Como se derrumba todo de un segundo para el otro. Como aquellas personas que creías vitales de un segundo para el otro parecen ni importarte. ¿Y acaso tú te sentís mal por eso? No. Qué ironía. Pasar del amor al odio se convirtió en otra conducta habitual en tu vida. Estás llena de rencor, llena de odio, de dolor, de desilusiones. ¿Y el desgaste interno que te produce negar sentimientos, odiar personas que en algún momento amaste? “Te tenés que cuidar más pendeja, queréte un poquito” te dice él con un cigarrillo en la mano desnudo en la cama mirándote con sus ojos color miel. Tú apartás la vista rápidamente con miedo a que el lea tu pensamiento. Lo mejor de estar con Martín, es que por un segundo dejo de ser egoísta y de pensar en mí; y no paro de pensar en él, en lo hermoso y perfecto que es… pensás, mientras se te dibuja una sonrisa en la cara. Y sí. Estás en lo cierto. Martín te pide que le cocines algo, vos lo mirás con cara de espanto. Él te hace un comentario. Te levantas hacia la cocina y te vas. Las palabras de Martín suenan en tu cabeza: “cociname algo a mí… sí igual vos no pensabas comer”. No, no pensabas comer. En eso tiene razón. Martín te entiende; o al menos se hace el que te entiende. En fin, a lo que iba es que Martín no te molesta. Al menos en ese aspecto, no. Y a vos eso te sirve. Ahora sí, quizás mañana no, pero hoy sí. Le terminaste cocinando unos tallarines con tuco que le encantaron. Después de eso, volvieron a la cama y acostados hablando, te volvió a jurar amor eterno. Dentro tuyo, vos juraste no volver a ilusionarte con las palabras que salían de la boca de Martín. Ya es como una costumbre escucharlo decir esas cosas para vos, es como ese cigarrillo que se prende luego de que hacen el amor. Es algo que te gustaría que te entre por un oído y te salga por el otro. Pero es una lástima que no sea así. Aún así, vos lo conoces a Martín y lo amás… tal como es. Y crees no necesitar nada más. Nada más de lo que él te da. Puede que me conforme con poco, pensás. Y yo creo que estás en lo cierto. Igualmente pensás que Martín te cuida, a su manera, pero que te cuida, y te ama. Yo no creo que eso. Pero a vos la realidad, siempre te fue dura de ver. Vos siempre viviste en un mundo de fantasía. Y está bien así.
Suena el despertador, Martín se levanta apurado, se viste, se va al baño, lo escuchas desde la cocina, viene rapidísimo, te da un beso. Pronuncia las mismas palabras mágicas de siempre y se va.
Vos seguís durmiendo.
Te levantas aturdida por una pesadilla que tuviste. Te levantas muerta de frío, vas al baño, te duchas, te mirás al espejo, te lavas los dientes mientras te observas en el espejo, te vestís, después te volves a mirar en el espejo, vas a la cocina, abrís el refrigerador, sacás la botella de agua fría de 2.5 litros. Te sentás frente al televisor con la botella y un vaso. Y así empieza tu día.
Cuando terminaste con la botella de 2.5 litros, te levantás, vas a la cocina a rellenarla y vas a lavar los platos sucios que dejó Martín de anoche y de su desayuno. Lavás todo. Vas a arreglar tu cuarto. Te metes un rato en la computadora. Arreglás la mochila con los libros de facultad. Lees algo para facultad. Volvés a la cocina. Abrís el refrigerador. Lo volves a cerrar.
Salís del apartamento. Vas a la farmacia. Comprás una ficha. Te pesás. Bajaste de peso. Te alegrás. Cada día mejor, pensás. Me falta poco. La chica de la farmacia te mira con cara de que estas loca. Vos le devolves la cara. Subis las escaleras y entras al apartamento. Faltan 3 horas para facultad. Te metes en la computadora, en Internet. Chateas con tus otras amigas que siguen la misma rutina que vos. Te dan ánimos porque bajaste de peso. Te alegras.

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